SEGUNDO PREMIO. "LA CAJA DE MUNICIÓN" DE ALBERT GINESTÀ
Carla Vilches
nunca pensó que, diez años
después de estudiar física y
especializarse en mecánica cuántica, se vería obligada a
comportarse como si fuera una espía.
Hacía días que había detectado
que alguien la vigilaba. Con inquietud volvió
a observar por la ventana y comprobó que el vehículo, ocupado
por dos hombres, continuaba estacionado a pocos metros de la entrada de su casa.
Carla odiaba
volver a sentir la misma sensación de
fragilidad que tantas veces había
experimentado. Mientras vigilaba el exterior de su casa, un puñado de recuerdos
la sobrecogió. Por un
instante revivió la muerte de
su madre después de una larga enfermedad, y la separación inesperada
de su pareja, después de descubrir que la engañaba con su única amiga
que, como es de suponer, dejó de serlo.
Lo que ahora vivía era muy
distinto. Le costaba aceptar que el motivo que provocaba aquella situación era el que
imaginaba. En un primer momento, pensó
que no podía ser cierto,
que todo eran paranoias, pero, poco a poco, corroboró que el
seguimiento a que estaba sometida era real. A cualquier hora del día o de la
noche, y allí donde se
encontrara, siempre había un vehículo con dos
personas controlando sus movimientos.
Siguiendo un impulso irracional
que le decía que lo
mejor, en cualquier situación, siempre es
tomar la iniciativa, Carla decidió
actuar. Intuía lo que aquellos hombres querían y, si de
algo estaba segura, era que no tenía la más mínima intención de dárselo.
Lo primero que hizo fue buscar una caja. Algo
sólido, grande,
pero discreto, que pudiera guardar lo que sabía que buscaban, pero lo único que
encontró, que se
adecuara a las medidas que necesitaba, fue una caja de munición que su ex no
se había llevado.
Antes de decidirse, la observó con
detenimiento y se aseguró que fuera
estanca. La caja de metal, de color verde militar, medía 32 x 22 x 18 cm y
disponía de tres
cierres en la parte frontal y una asa plegable en la parte superior.
Bajó al garaje,
convertido en improvisado laboratorio, y recogió los planos y la documentación donde había detallado lo
que había descubierto.
Miró el prototipo
miniaturizado que había construido y
que, desde hacía casi un año, funcionaba
sin pausa. Con decisión,
pulsó el pequeño interruptor que lo apagaba y lo desmontó para
introducir las piezas y los documentos en la caja de munición.
Subió las escaleras
hasta la vivienda. No pudo evitar acercarse a la ventana para comprobar, una
vez más, si los
vigilantes seguían en su
sitio. Nada había cambiado. Preparó una cena
ligera y dedicó las siguientes
dos horas a trazar un plan para esquivar a sus guardianes.
A la mañana siguiente, colocó la caja de munición en una
mochila junto con una pequeña pala de jardinería. Se vistió
con ropa deportiva, apagó
el teléfono móvil y buscó un GPS de
senderismo que usaba ocasionalmente. Luego, preparó un desayuno
abundante. Sabía que
necesitaría energía y, además, comer
siempre lograba calmarla. Después salió
a la calle.
El coche
estaba aparcado a pocos metros de la entrada de la casa, con dos ocupantes en
su interior. Un poco más lejos, en un
banco público, identificó un tercer
vigilante, que aparentaba estar leyendo un periódico. Se sintió
presa fácil. Salir con una
mochila ligera, delataba sus intenciones. Un caótico desfile de escenas de películas de espías invadió su mente por
un instante. Sacudió esas imágenes con un
suspiro y se prometió mantener la
calma y ceñirse al plan.
Caminó con paso firme
por el barrio residencial, cruzando calles en cada esquina para impedir que el
vehículo pudiera
seguirla. Cuando se dio cuenta de que el hombre del banco la seguía a pie,
comenzó a acelerar.
Llegó corriendo a la
estación de tren,
donde abordó el primer taxi
que encontró y pidió al conductor
que la llevara a un barrio lejano, en dirección opuesta a su destino real.
Bajó del taxi al
llegar y se adentró por un
estrecho callejón
intransitable para vehículos. Cambió de dirección varias veces hasta llegar a una avenida principal,
cruzó unos grandes
almacenes y salió por otra
puerta. Tomó otro taxi y,
esta vez, indicó con voz firme:
—A la Sierra de
Poniente. Al inicio del camino del viejo molino. Es urgente, lléveme por el
trayecto más rápido y le daré
una buena propina.
El taxista la observó por el
retrovisor, pero no hizo preguntas. La llevó
con rapidez hasta el destino, donde Carla pagó el doble de lo
marcado.
—En tres horas
necesito que vuelva a recogerme aquí
—dijo.
El conductor asintió sin hablar.
Carla se adentró en el sendero
de la montaña. Lo conocía de memoria,
lo había recorrido de niña con sus
padres y después con amigos. Durante una hora subió por el camino
hasta llegar a una zona frondosa repleta de alcornoques y castaños. Allí salió del sendero y
se dirigió a un pequeño
arroyo. Con la pala de jardinería, cavó un hoyo junto
a una gran roca y enterró la caja. Luego
activó el GPS para
guardar las coordenadas.
El alivio la inundó mientras
emprendía el camino de
regreso. Sin la caja ni su contenido en casa, su vigilancia parecía carecer de sentido.
Cuando llegó, el coche y
los vigilantes habían
desaparecido, pero al abrir la puerta, entendió que nada había cambiado.
Todo estaba patas arriba.
Armarios, cajones, muebles. Cada rincón había sido
registrado con minuciosidad y sin miramientos. En su laboratorio todo estaba
roto y esparcido por el suelo.
No tocó nada. Llamó a la policía y presentó la denuncia,
mencionando su sospecha de ser vigilada, aunque, por instinto, no dijo ni una
palabra sobre la caja enterrada ni su contenido.
Esa noche, en el silencio de la
casa profanada, sintió de nuevo la
fragilidad que tanto temía. A punto de sufrir una crisis de angustia, fue a ver
a la única persona
que, sin condiciones, sabía que la
escucharía.
A David Vilches le extrañó que
llamaran a la puerta de su casa cuando ya había anochecido. Desde que enviudó hacía más de diez años, vivía solo y, con
el tiempo, había recuperado
un cierto equilibrio en su vida, pero era un hombre de rutinas y, con setenta y
cinco años, no era muy amante de las sorpresas.
David fue hasta la entrada de la
casa y activó la cámara para ver quién había llamado.
—¡Carla! —dijo
sorprendido al ver la imagen de su hija—. ¿Qué haces aquí? No te
esperaba.
—Ya sé que es tarde, pero… ¿Tienes un momento?
Carla subió
al piso de su padre y, después de darle dos
besos, lo abrazó.
A David solo le bastó
ver su cara para saber que algo no iba bien.
—Entra y me lo
cuentas, ¿de acuerdo?
Carla se acomodó en la sala e,
impaciente, comenzó a hablar.
—Todavía no me creo lo que me ha pasado. Es de locos. No
tiene ningún sentido y
parece que todo esto sea una película dirigida
por un mal director.
—Carla, cálmate. No sé de qué me hablas.
Tienes que explicármelo poco a
poco —dijo David intentando serenar a su hija—. Siéntate, te prepararé una infusión de
valeriana. Siempre te ha gustado y te ha ido bien, y después comienzas
desde el principio.
Carla respiró
profundamente, fue al baño y se refrescó la cara y la nuca. Cuando regresó a la sala,
David la esperaba sentado en el sofá con dos tazas humeantes.
—Yo me he hecho
una manzanilla. Tómala a sorbos
pequeños.
Carla hizo caso a su padre y,
después del tercer sorbo, le explicó lo que le había sucedido.
—Papá, tú sabes que trabajo en Quántum Tecnologías.
—Nunca he
entendido qué demonios hacéis allí —interrumpió David.
—Normalmente,
trabajo en el departamento de computación cuántica, pero
durante un tiempo lo hice en la sección de sensores
y materiales. No te preocupes, no te voy a explicar ahora lo que hacemos en la
empresa, pero lo que sí te quiero
contar es que hace cinco años, poco después de
separarme, se me ocurrió una idea y
para desarrollarla, monté un pequeño laboratorio en el garaje de casa. En
realidad fue una huida hacia delante. Después de todo lo
que pasó con mi ex, la casa se me caía encima y las
horas que invertía en
investigar lo que se me había ocurrido me
liberaban de la soledad y de la tristeza.
David bebió
un buen sorbo de manzanilla antes de preguntar con curiosidad.
—¿Pero qué hacías en tu
laboratorio?
—Desarrollar un
generador de energía de punto cero.
—Si no te
explicas mejor…
—La energía de punto
cero proviene de las fluctuaciones cuánticas en el
campo electromagnético del vacío. Lo que se
me ocurrió fue que podía utilizar
principios de electromagnetismo para capturar y convertir esta energía de punto
cero en energía útil.
—Hija, me he
hecho mayor y no entiendo nada de lo que dices.
Carla continuó
la explicación como si su
padre no hubiera dicho nada.
—El éxito y al
mismo tiempo el problema fue que, hace poco más de un año, conseguí lo que me había propuesto.
Después de cuatro años de estudios y un sinfín de ensayos,
creé un generador de energía de punto cero que, basado en principios cuánticos y
electromagnéticos, genera 1000 veces más energía de la que consume.
David, preocupado, frunció el ceño.
—Para que lo
entiendas, con lo que consume un cargador de móvil podrías obtener toda la energía que necesita
una casa durante todo un día.
—¿Y ese cargador
es fácil de conseguir?
—No es un
cargador, es un aparato que consume lo mismo que un cargador, que además cabe dentro
de una caja de zapatos y que, a pesar de su sofisticación, está compuesto por
materiales fáciles de
conseguir y económicos. El
coste total del prototipo que construí
no supera los 150 €.
—¿Me estás diciendo que
cualquiera podría tenerlo?
—No solo sería accesible
para todos, sino que cambiaría de hoy para
mañana la economía mundial. ¿Te lo puedes
imaginar?
—¿Y qué hiciste?
—Presenté la documentación para
patentar el invento.
David se puso las manos en la
cabeza.
—¿Pero es que
quieres que te maten? —dijo levantando la voz.
Carla, después de escuchar
el comentario, supo que su padre había entendido
perfectamente la situación.
—Aquí comenzó el problema.
La oficina de registro de patentes no ha dejado de poner trabas legales y, a
estas alturas, nueve meses después de iniciar el proceso de registro, nada me hace
pensar que se vaya a patentar. Ante esta situación, decidí
hacer público el
descubrimiento, pero por más surrealista
que parezca, ninguna publicación científica ni medio
de comunicación se atrevió a difundirlo.
Entonces empezaron a seguirme.
Carla le explicó a su padre la
vigilancia a la que había sido
sometida, incluyendo el asalto y registro de su domicilio, y cómo, pocas
horas antes, había escondido la
documentación junto con un
prototipo de su invento en un lugar seguro.
David escuchó con atención la narración de los
hechos y, antes de hablar, meditó
durante un largo rato sobre cuál era la mejor
solución.
—Creo que no
tienes muchas opciones. Lo que me has contado ha pasado otras veces. Me viene a
la memoria el caso de Paul Pantone, que, por lo que recuerdo, inventó un motor de combustión capaz de
funcionar con una mezcla de agua y otro componente. Desde la creación de su
invento, se vio abrumado por una serie de maniobras legales para silenciarlo. A
pesar de eso, hizo público su
invento y se negó a vender los
derechos a las empresas petroleras que querían comprárselo. A
partir de ese momento su vida se convirtió
en un infierno. Amenazas, trabas legales y atentados. Fue acusado de
malversación y condenado
a ser ingresado en un hospital psiquiátrico. ¿No te parece
que vas por el mismo camino?
—¿Y cuál es la opción que
propones?
—No lo vas a
lograr. Esta gente no lo permitirá. Tienes que
entregarles la documentación y renunciar
a la patente. Con suerte, aún te pagarán algo a
cambio de tu silencio.
—¡De ninguna
manera! —dijo Carla, elevando el tono de voz—. Eso ya te
digo que no lo voy a hacer. Lo que tengo en las manos puede transformar el
mundo. No hará falta depender de los combustibles fósiles y eso
significa que podremos detener las emisiones de CO₂ y tal vez
revertir el cambio climático.
David continuó.
—Ni depender de
la energía nuclear, ni
seguir destruyendo el paisaje con las energías renovables,
con campos de molinos eólicos o placas
solares, y además, lo que has
descubierto permitiría democratizar
a nivel mundial el acceso a la producción de energía. No se
necesitarían tecnologías complejas
que solo tienen unos pocos países, ni sería importante
tener o no tener petróleo, y
seguramente cambiarían muchas más cosas, pero
créeme, no lo permitirán y, si es necesario, de una forma u otra, te
silenciarán. Si no
quieres darles lo que has encontrado, tendrás que desaparecer.
Carla sopesó
lo que su padre le había dicho. Irse
y desvanecerse implicaba renunciar a todo lo que la rodeaba. De manera
inesperada, un sentimiento de oportunidad la invadió. Pensó que, al fin y
al cabo, vivía sola, conocía a mucha
gente, pero, en realidad, no tenía amigos; su
trabajo en Quántum Tecnologías, por muy
innovador que pareciera, era monótono y a
menudo aburrido. El único lazo
afectivo que realmente tenía era su
padre. Carla pensó que si
desaparecía, aunque
fuera de manera virtual, podría seguir
manteniendo el contacto.
—De acuerdo —dijo Carla con
voz nerviosa—. ¿Cómo lo hacemos?
—Esta misma
noche, sin pasar por casa, vete a Jaén. Allí
ya sabes que tengo amigos y familia. Mientras hagas el viaje, te
buscaré un destino seguro. No uses el móvil ni la
tarjeta de crédito. Cuando llegues, no me llames ni intentes
ponerte en contacto conmigo. Ve a ver a Marcos, es un buen amigo. Ahora te daré la dirección. Él te dirá cuál será el siguiente
paso.
Carla, desbordada por la situación, dejó que su padre organizara la huida. David aún añadió algunas
consideraciones más.
—Antes de irte,
tienes que decirme exactamente dónde has
escondido la caja con la documentación. No sabemos
si algún día hará falta
recuperarla. Ahora prepárate una
bolsa. Coge ropa, comida y todo lo que creas que puedas necesitar. Yo saldré un momento
para ir al cajero de la esquina y sacar todo el dinero que pueda.
Carla rehizo su vida en un país lejano que
nunca reveló, ni siquiera
a su padre. De vez en cuando, ambos se comunicaban siguiendo siempre un
estricto protocolo de seguridad. Con el tiempo, la angustia de no saber si aún la buscaban
fue disminuyendo, hizo buenos amigos y comenzó una nueva relación que, para no
tropezar dos veces con la misma piedra, planteó de forma más abierta.
Nueve años después de la huida,
recibió un mensaje de
Marcos notificándole que
David había muerto.
Carla se sorprendió al darse
cuenta de que no tenía asumido que
su padre, con 84 años, no viviría para
siempre. Un sentimiento inmenso de soledad la invadió y pensó que nadie podría recuperar la
caja de municiones que había enterrado.
Con esta nueva situación, su nivel de
angustia aumentó al ser
consciente de que ella era la única persona
en el mundo que conocía su
contenido.
Después de valorar
lo que debía hacer,
descartó regresar y
delegó en Marcos las
gestiones necesarias para enterrar a David y vender todas sus propiedades.
La caja de municiones era el único cabo que
no sabía cómo atar. Quería encontrar
alguna solución e incluso se
le pasó por la cabeza
intentar hacer público el
descubrimiento de nuevo, pero pronto se dio cuenta de que probablemente volvería a suceder lo
mismo. Se estremeció al imaginar
que tendría que huir de
nuevo.
No fue hasta siete meses
después de la muerte de su padre que, por casualidad, supo
cómo proceder. Mientras leía noticias por
la red, vio una convocatoria que le llamó
la atención.
Era simplemente
la solución perfecta y
le permitía contar lo
que la caja de municiones contenía sin miedo a
que nadie sufriera ninguna consecuencia.
No se lo pensó dos veces,
puso en marcha el ordenador portátil y empezó a escribir su
historia. Pocos días después la envió a un concurso
de relatos cortos con la esperanza de poder difundir, entre la ficción y la
realidad, lo que había descubierto.
Por si acaso, Carla usó un pseudónimo con el nombre de dos estrellas de la constelación de virgo,
narró la historia
como si fuera un relato cercano a la ciencia ficción y cambió todos los
nombres de personas y lugares.
Antes de enviar el correo electrónico de
inscripción al concurso,
pensó: «en el próximo cuento
que escriba, revelaré las coordenadas donde sigue escondida la caja de
munición»
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