PRIMER PREMIO. "AL PIE DE LA ETERNIDAD" DE SERGIO ARCE

 

Era un día más en la vida de Roberto. En la larga vida de Roberto: ciento noventa y seis años; la flor de la vida.

Consultó el reloj: las seis y cuarto de la mañana. Después, el monitor de la bicicleta estática: cuarenta y un minutos de pedaleo, dieciocho kilómetros recorridos, velocidad media de veintiséis con tres kilómetros por hora. Nada mal. Cada día mejor, en realidad.

Se apeó de la bicicleta y se dirigió a la ducha. El sensor digital fijó la temperatura idónea del agua teniendo en cuenta factores como la hora del día, la temperatura corporal previa de Roberto o los minutos de sueño REM obtenidos durante la noche. Después de lavarse con un combinado de geles, jabones y champús de PH personalizado, frotando la esponja en movimientos antihorarios —un 0,9% más eficientes para el óptimo cuidado de la piel—, se secó ante el espejo con una toalla antibacteriana.

Su mujer decía que era un vanidoso. Bueno, sí, quizá un poco, tenía que reconocer mientras se deleitaba en la imagen que le devolvía el espejo: pectorales amplios y angulosos, los abdominales formando una precisa cuadrícula, las venas de los bíceps serpeando hasta el antebrazo. Ni una cana, arrugas inapreciables —había que hacer algo con las que empezaban a intuirse, se recordó—, mirada brillante, vivaz. Joven. Cuando decidió que ya se había recreado lo suficiente, se giró para salir del lavabo, pero no pudo evitar volverse de nuevo y echar un último vistazo a los profundos valles que se formaban entre los seis músculos abdominales visibles.

Antes de desayunar, tragó las primeras seis pastillas del día con agua de mineralización especial, y se aplicó una primera inyección subcutánea. Ya ni recordaba para qué era esta; simplemente seguía la rutina. Luego afrontó el batido: algas, raíces, péptidos, proteínas, aminoácidos y otros veinte ingredientes cuidadosamente pautados de acuerdo a su constitución, edad y otra decena de datos revelados en su hemograma semanal.

Sonó un pitido en su reloj. Era un mensaje de su mujer: había llegado bien al trabajo. «Gracias a Dios», pensó, como hacía cada mañana.

Ahora, le tocaba a él.

Bajó en el ascensor. En realidad no había otra opción: la mayoría de los edificios, entre ellos el suyo, se construían ya sin escaleras: eran demasiado peligrosas. El ascensor también tenía sus riesgos, claro, pero las estadísticas decían que era un 547,2 % más seguro que las escaleras.

Puso un pie en la acera. Suspiró antes de dar otro, y se aventuró en la jungla urbana. Bueno, en realidad, aquella forma de denominar a las ciudades era ya más una costumbre que una metáfora acertada. Porque antes, en el pasado, las urbes estaban atestadas de viandantes, de un tráfico denso y caótico, de ruido, de humo y hasta de crimen, por lo que compararlas con una selva espesa, agobiante y peligrosa, podía ser bastante pertinente. Ahora, sin embargo, era muy diferente. Nadie salía a la calle a no ser que fuera absolutamente imprescindible, así que las ciudades se asemejaban más a desiertos de hormigón que a junglas. Y es que las estadísticas reflejaban que permanecer dentro de los hogares conllevaba un 87% menos de posibilidades de sufrir un accidente grave. Antes, la diferencia era mucho menor, pero la tecnología había avanzado hasta convertir los hogares en santuarios de la seguridad y la salud. Ya no había aristas peligrosas, paredes sólidas y amenazadoras para los cráneos de los moradores, cristales rompibles ni, por supuesto, sistemas eléctricos accesibles, instalaciones de gas, o arcaicas cocinas con llama (¡Qué barbaridad!). Sin embargo, la calle, la ciudad, contenía demasiadas variables en sus infinitos vericuetos como para que fuera factible alcanzar unos niveles similares de seguridad.

Por desgracia, adentrarse en esos peligrosos desiertos era a veces inevitable. Nadie salía por mero ocio, claro, como se hacía en la antigüedad, a pasear, a «tomar el aire» o «de compras», pues ni siquiera existían tiendas o comercios físicos. Pero, aunque la mayoría de la gente teletrabajaba, existían profesiones en las que el trabajo desde la seguridad de casa no era posible. Como la de Roberto y su mujer, ambos doctores. Al menos, eso sí, podían permitirse un ampuloso estilo de vida dados los pluses de peligrosidad que cobraban por tener que salir a la calle todos los días. Como no eran de esos pocos temerarios que invertían el dinero extra en tener y criar hijos —¿Es que no saben acaso que la posibilidad de la mujer de fallecer en el parto es de un 0,23 %?, pensaba— o en viajar —1,9 % de probabilidad de accidente grave—, disponían de un hogar con todas las comodidades y divertimentos posibles: sala de cine, sala de juegos con billar, gimnasio…

Los vehículos, todos autónomos (la IA era hasta un 603 % más segura al volante que los humanos), eran escasos en las calles, pero aun así, y a pesar de que el semáforo se había puesto en verde para los peatones —para él únicamente, en realidad—, Roberto invirtió unos segundos extra en mirar a uno y otro lado. Cuando estuvo seguro de que no había ningún coche ni tan siquiera cerca del paso, volvió a mirar a ambos lados. Tras una tercera comprobación, procedió a cruzar la vía en dirección a la parada del tren. A buen paso, por si acaso.

Una vez a salvo en la otra acera, consultó el reloj. Se debía haber entretenido en el desayuno, pues iba muy justo. Demasiado. Aceleró un poco el paso mientras se acercaba a la parada. Pero no demasiado: correr era una de las actividades más peligrosas que una persona podía hacer en el día a día; las estadísticas lo refrendaban. Había llegado al apeadero, pero aún tenía que cruzar el túnel subterráneo para llegar al andén opuesto, donde paraba el tren que se dirigía al hospital. Lo escuchó aproximándose y aceleró un poco más. Estaba demasiado lejos: no iba a llegar. Y, como muy poca gente tomaba los trenes, el siguiente no pasaría hasta dentro de al menos una hora. Comenzó a correr. Era extraño: no recordaba haberlo hecho nunca fuera de la cinta, en la seguridad de un gimnasio, ni siquiera de niño. Pronto, descubrió que, aunque la actividad psicomotora fuera básicamente la misma, la física no funcionaba del todo igual cuando era uno, y no el suelo, el que se desplazaba. Luego, se preguntaría muchas veces cómo había ocurrido, pero fue tan rápido que era difícil decirlo. De algún modo, su pie derecho tropezó con el izquierdo y su cuerpo salió despedido hacia delante, hacia un hombre que lo miraba horrorizado. Roberto adelantó sus manos instintivamente para amortiguar el inminente choque contra el hombre, y este, en una reacción no menos atávica, giró la cabeza para proteger su rostro y movió los brazos rechazando la amenaza. El resultado del empujón fue tal que Roberto se vio precipitándose hacia la vía.

Creyó haber efectuado una involuntaria voltereta, pues cayó con las piernas por delante. Después, le vencieron y chocó con la cadera en la vía. Los sonidos, esos crujidos funestos, fueron lo primero que percibió. Solo unos instantes después llegó el dolor, lacerante y desgarrador. En esos momentos, ya tendido en la vía, le vino fugazmente a la cabeza la duda de si antes, cuando la gente se golpeaba, cortaba y lesionaba con frecuencia, las fracturas óseas se sentían tan dolorosas, o si aquel padecimiento indescriptible no era sino fruto de su inexperiencia. Pero un creciente sonido, acompañado de una vibración cada vez más intensa en las vías, le sacó de sus divagaciones. Sintió tal terror que hasta se olvidó del dolor. Gritó desesperado, comenzó a llorar, incluso creyó invocar a gritos a su madre para que lo socorriera, pero el estruendo no le dejaba oír sus propios gritos; ni siquiera sus pensamientos. El tren se le echaba encima: iba a morir. Tan joven…

Un ápice de lucidez consiguió abrirse paso entonces hasta su mente, blindada hasta ese momento a la razón por el terror más primigenio. ¡Era su tren! ¡Y su tren circulaba por la otra vía! ¡No iba a morir! A medida que el tren se iba deteniendo, sobrepasando su posición en la otra vía, se imaginó lo que habría sucedido en ese mismo instante si hubiese caído desde el andén opuesto. Un escalofrío le recorrió la columna. A medida que era consciente de su supervivencia, el dolor volvió a aflorar, más insistente, más intenso, como diciéndole: «Sí, vale, no vas a morir, pero tienes que hacer algo con esto». Observó el desaguisado y a punto estuvo de vomitar: un extremo de la tibia le sobresalía a través de la carne, la piel y el pantalón. Sí, era médico, pero hacía mucho que ya apenas tenían que enfrentarse a traumatismos de ese tipo. En su caso, por ejemplo, nunca había presenciado el horror de una fractura ósea. Ni siquiera tenían que exponerse ya a la visión de repugnantes vísceras o tumores: los robots hacían el trabajo sucio por ellos. Pero no era solo la pierna: creía haberse fracturado también la cadera y quizá alguna costilla. En un primer momento pensó con horror en la paraplejia, pues no podía apenas moverse, pero se tomó un momento para comprobar si era capaz de mover los dedos de los pies. Miró sus calcetines, visibles al haber perdido los zapatos en la caída. Los dedos se movían, afortunadamente.

Dirigió la mirada hacia arriba, hacia el andén desde el que había caído. El hombre que lo había empujado —bueno, empujado no, se dijo Roberto: el hombre solo había hecho lo que habría hecho cualquiera: protegerse de un riesgo inminente para su seguridad— lo miraba con una mezcla de preocupación y lástima.

—Ayúdeme —le pidió.

Pero el hombre negó con la cabeza y se indicó la oreja. El tren, el que, si realmente hubiera sido un día cualquiera en la vida de Roberto, estaría trasladándole a su trabajo, volvía a emprender ruidosamente la marcha, después de recoger a los viajeros, impidiendo la comunicación con el hombre. Roberto esperó a que partiera y lo repitió:

—Ayuda, por favor. Tengo la pierna rota. Y creo que también la cadera…

El hombre miró en la dirección hacia la que apuntaba el dedo de Roberto, hacia su tibia sobresaliente. Abrió los ojos con espanto, y se desmayó.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Señor, despierte! ¡Por favor!

Roberto giró la cabeza en todas las direcciones: no había nadie más en las proximidades. Y, si alguien en el tren le hubiera visto, no habrían partido sin ayudarle. Se preguntó cuánto tardaría el siguiente tren en pasar por la vía sobre la que reposaba su espalda. No tenía ni idea: él solo conocía el horario de los que le llevaban y traían de su trabajo; lo que sucedía entre medias en esas vías era una incógnita para él.

Comenzó a gritar pidiendo ayuda, sin dejar de mirar cada pocos instantes al punto donde la vía se hacía uno con el horizonte, el lugar de donde, en cualquier momento, podía asomarse una locomotora. Nadie. Intentó moverse, arrastrarse, pero el dolor de su cadera era tal que el cuerpo se negaba a obedecer a partir de cierta exigencia; era absolutamente inútil.

Como había hecho antes, trató de tomarse un momento para que la razón apartara a un lado los pensamientos primarios, los que le ordenaban, como si de un animal atrapado en un cepo se tratase, que usara sus pulmones para pedir auxilio y su fuerza bruta para liberarse como únicas salidas a su brete. No; era un ser humano, y los seres humanos hacen más que aullar y tirar. «Estúpido», pensó cuando se acordó de que estaba permanentemente comunicado con el mundo a través de su reloj. Disculpó su lapsus dado el evidente estado de shock en el que se encontraba, y pronunció ante la pantalla del reloj la palabra: «emergencias».

Tras unos segundos eternos, una voz femenina contestó la llamada.

—¿…Diga? —dijo la mujer, dubitativa.

—¿Emergencias?

—…Sí, ¿por?

Roberto se quedó algo extrañado por tanta perplejidad. Luego, se preguntó cuántas llamadas recibiría esa centralita al año. Seguramente muy pocas, así que lo entendió.

—Tengo una emergencia, señora.

—¿De… de verdad?

—Sí…, sí…, me he caído a la vía del tren, en la parada de la calle Morteros, y creo que me he roto varios huesos. No puedo moverme y me duele muchísimo…

—¿Cómo? ¿De verdad? Lo… lo siento, señor…, no sé qué decirle…

—Bueno, no hace falta que diga nada..., simplemente mande a alguien… A los bomberos, a una ambulancia, no sé…

—Ah, bueno, sí, claro, qué tonta. Pues espere un poco porque tendré que buscar el número.

—Espero sí. Pero dese prisa, por favor, no sé cuándo pasará el siguiente tren.

—Uy, qué horror. No me diga eso, por favor. Ahora les llamo, ¿de acuerdo? Estación de la calle Morteros me ha dicho, ¿verdad?

—Sí, señora.

La recepcionista colgó. Entonces, Roberto decidió llamar a su mujer. Se iba a poner nerviosísima, al borde de un ataque de ansiedad seguramente, pero necesitaba su apoyo en esos momentos tan difíciles.

 

Tres bomberos, dos policías y un enfermero se asomaban con suma precaución a las vías desde el apeadero. Ante la mirada impotente y atónita de Roberto, poco más hacían que negar con la cabeza.

—Pero, ¡¿me quieren sacar de una vez de aquí?!

—Ya me dirá usted cómo —dijo uno de los bomberos.

—¿Cómo que cómo? ¡Pues bajen y sáquenme!

—Sí, hombre —dijo otro de los bomberos.

—¿Y si viene el tren? —preguntó el tercero.

—¡Por el amor de Dios! ¡Tardarán un segundo entre todos! —exclamó Roberto.

—Uy, esos trenes son muy rápidos, ¿eh? —señaló uno de los policías.

—¿Y qué pasa con mi familia si me pilla? —dijo uno de los bomberos—. El seguro no va a pagar un duro si me expongo a una actividad tan arriesgada.

—¡Pero si es usted bombero! ¡Es su trabajo!

—Pero hay riesgos que no entran en mi sueldo, señor, entiéndalo.

—No me lo puedo creer… ¡Pues avisen a la compañía ferroviaria, que detengan el próximo tren!

Roberto observó que los policías se miraban entre sí, como evaluando quién tenía que dar la noticia. Al fin, uno de ellos tomó la palabra:

—Verá, señor, ya lo hemos hecho. Resulta que el próximo tren no para en esta estación. Y ahora mismo se aproxima a casi cuatrocientos kilómetros por hora. Si frena ahora, tan bruscamente como para detenerse antes de llegar aquí, alguno de los pasajeros podría caerse y lesionarse…

—¿Cómo? —acertó a decir Roberto, ojiplático—. ¿Y qué pasa conmigo?

—Verá, usted se ha tirado a la vía…

—¡Me he caído!

—Lo que sea. Lo que quiero decir es que, si a usted el tren le… bueno, ya sabe, no es culpa de la compañía. Pero si se lesiona uno de los pasajeros… se les cae el pelo. Ya sabe lo astronómicas que son las indemnizaciones por lesiones en estos tiempos que corren.

—¿Ha… habla usted en serio? 

—Me temo que sí, señor.

—¡Roberto, Roberto! —escuchó este en la lejanía. Era Clara, su mujer, y la esperanza brotó de pronto como un claro en un cielo ominoso.

—¡Clara, Clara! —exclamó mientras le brotaba felicidad de los ojos en forma de lágrimas.

Cuando Clara llegó al apeadero, (casi) a la carrera, se asomó abriéndose paso entre el personal de emergencias, y las facciones se le desencajaron ante el estado de su marido.

—¡Amor! ¡Ay, ay, mi amor! —sollozó.

—Clara, estos señores no quieren ayudarme. ¡Haz algo, por favor!

Clara, atónita, miró a ambos lados, estudiando los rostros de policías y bomberos. Estos eludieron su mirada.

—Señora, entiéndalo —se atrevió al fin a decir uno de los policías—. La vida es muy larga para arriesgarla de este modo. ¿Y si me tropiezo yo también al bajar y me rompo algo? ¿Y si me quedo enganchado en la vía?

—Pero… usted es policía —dijo Clara, sin borrar la expresión de perplejidad de su mirada.

—Sí, señora, pero la realidad no es como las películas. No nos engañemos: nuestro trabajo consiste en poner alguna multa de aparcamiento de vez en cuando y quizá, a lo sumo, en perseguir a algún estafador. La gente ya no comete delitos violentos; sería peligrosísimo. Ni siquiera excede la velocidad permitida, o se emborracha y se pelea: el alcohol es veneno para el cuerpo. Fíjese: en las películas, los polis llevan pistola… ¡Ja, pistola! ¡Si a nosotros no nos dejan llevar ni porra por si alguien se lleva un mal golpe!

Los demás profesionales asintieron.

—Yo llevo quince años siendo bombero y aún no he visto un incendio —añadió otro—. Eso sí, tenemos tanto tiempo libre que mire qué abdominales, mire —dijo levantándose chaqueta y camiseta.

—Déjalo, Clara, es inútil: no van a bajar —dijo Roberto—. Ayúdame tú, anda, el tren está al llegar.

Clara lo miró, procesando aún lo que acababa de escuchar. De todo el mundo era sabido que los servicios de emergencias eran ya poco más que mera formalidad, un caro símbolo de que la administración seguía velando por la seguridad de los ciudadanos, pero nunca pensó que no hubiera más que lustrosa fachada, cartón piedra y solo una serie de travesaños sosteniéndolo, como el decorado de una película.

Dio un cauteloso paso más hacia adelante y miró en la dirección en la que el tren debía hacer su aparición en algún momento. Meditó unos instantes y luego, muy despacio, regresó la mirada hacia los ojos suplicantes de su marido.

—Ro… Roberto…, necesito que me entiendas, ¿vale?

—¿Que entienda qué, Clara? —dijo él, alarmado.

—Que entiendas que solo tengo ciento cuarenta años… Me quedan al menos otros ochocientos por delante; incluso la eternidad, si la ciencia sigue avanzando a este paso.

—Clara…

—La eternidad, Roberto.

—Clara, clara, escúchame: no se ve aún el tren; ni se le oye. Hay tiempo de sobra, bajar y arrastrarme un par de metros te llevaría solo unos segundos.

—Yo… Yo te quiero, Roberto, de verdad —dijo Clara, aunque apenas se la entendía a causa de los sollozos—, pero… es demasiado peligroso.

—Ejem… —interrumpió uno de los bomberos—. Señora, el tren debe estar al llegar, deberíamos alejarnos del andén; pasa muy rápido.

El resto de los profesionales ya había dado varios pasos atrás, de hecho. Clara, rota, besó la punta de sus dedos y le envió el ósculo a Roberto con un movimiento de la mano. «Te quiero», dibujaron sus labios.

—Clara, Clara, no. ¡Clara! ¡Clara! —gritaba Roberto mientras su mujer caminaba lentamente hacia atrás sin dejar de mirarlo, desapareciendo poco a poco de su campo de visión.

 

Después de cinco minutos sin que el tren hubiera anunciado su presencia aún, la situación del personal de emergencias y de Clara, de pie a varios metros del borde del andén, se había tornado incómoda. Y los gritos incesantes de Roberto no hacían nada por distenderla, la verdad. Todos alternaban su vista entre el suelo y el reloj que colgaba del techo del apeadero, y trataban de romper el incómodo silencio con comentarios sobre el tiempo o la liga de ajedrez —hacía décadas que nadie jugaba a deportes violentos y peligrosos, como el fútbol o el baloncesto—. Casi agradecieron cuando el aún lejano zumbido empezó a percibirse.

Roberto, allí abajo, también lo escuchó, aunque ya desde segundos antes había notado la vibración en la vía sobre la cual reposaba su espalda. Una vez que el morro de la locomotora surgiera en el horizonte, solo transcurrirían unos segundos antes de que esa mole de acero lo triturara.

Siempre se había preguntado, con insana morbosidad, qué sería lo último que pensaría antes de morir —aunque, como todo el mundo, había albergado la esperanza de que quizá, con suerte, eso no ocurriría nunca—. Cuando vio por fin asomarse al tren, salió de dudas. Y nunca, nunca jamás, se hubiera imaginado que sus últimos pensamientos serían de un cariz tan mundano:

«Ojalá hubiera desayunado una palmera de chocolate en lugar de un batido de algas», pensó.

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